El dinero también se siente: cómo las emociones influyen en tus decisiones financieras
Índice de contenido
- El miedo pesa más que la alegría
- La paradoja de vender cuando todo cae
- El peligro de creerse más listo que el mercado
- El arrepentimiento también cuesta dinero
- La inflación también tiene una dimensión emocional
- Las finanzas personales son una cuestión de carácter
- El verdadero enemigo está muchas veces dentro
Durante mucho tiempo las finanzas se explicaron como si fueran una cuestión de números: ingresos, gastos, rentabilidad, riesgo, tipos de interés, inflación… Todo parecía poder reducirse a una fórmula matemática en la que, introducidos los datos correctos, aparecía una respuesta igualmente correcta. El problema es que detrás de cada euro hay una persona y las personas no funcionan como una hoja de cálculo.
El dinero también tiene un comportamiento emocional y esa dimensión psicológica acaba teniendo consecuencias muy reales sobre las decisiones financieras. Ahí comienza uno de los campos más interesantes de la economía moderna, las finanzas conductuales. Su punto de partida resulta bastante sencillo. Las personas no siempre toman decisiones económicas de manera racional y perfectamente informada.
El miedo pesa más que la alegría
La aversión a las pérdidas es una reacción psicológica especialmente importante en las finanzas. Una pérdida de determinada cantidad suele provocar un impacto emocional mayor que la satisfacción generada por ganar esa misma cantidad. La consecuencia es fácilmente observable en los mercados. Cuando una inversión sube, resulta agradable. Cuando baja, la reacción puede ser mucho más intensa. El inversor deja entonces de preguntarse cuánto vale realmente el activo y empieza a pensar cuánto dinero está perdiendo.
Una caída del 20% puede convertirse en una amenaza psicológica, aunque los fundamentales de la inversión apenas hayan cambiado. El miedo transforma una fluctuación temporal en una sensación de peligro permanente. Y cuando aparece el miedo, la racionalidad suele perder espacio.
Investigaciones académicas han encontrado precisamente una relación significativa entre la aversión a las pérdidas y las decisiones de inversión. Existen relaciones significativas entre distintos sesgos emocionales y las decisiones de inversión, especialmente en el caso de la aversión a las pérdidas, el arrepentimiento y el exceso de confianza. El miedo cumple su función, pero no significa que sentir miedo sea irracional. El problema aparece cuando una emoción diseñada para proteger frente al peligro termina provocando decisiones financieras perjudiciales.
La paradoja de vender cuando todo cae
Los mercados financieros ofrecen un curioso espectáculo cuando llega una crisis. Primero aparece la preocupación, después la incertidumbre, más tarde llega el miedo y, finalmente, el pánico.
En ese proceso cambia incluso el significado de las palabras. Una caída del mercado deja de ser una variación de precios y pasa a convertirse en una amenaza. Las noticias negativas ocupan todos los titulares, las redes sociales amplifican el pesimismo y cada nueva caída parece confirmar que la anterior no era más que el principio.
Es entonces cuando aparece una de las grandes paradojas de la inversión. Muchos inversores sienten la necesidad de vender precisamente cuando los precios son más bajos y recuperan el interés cuando los precios vuelven a subir.
Algo parecido sucede con las subidas prolongadas. Cuando una inversión lleva años generando beneficios, la percepción del riesgo disminuye. El éxito genera confianza y la confianza puede convertirse en exceso de confianza.
El peligro de creerse más listo que el mercado
El exceso de confianza es otro de los grandes enemigos de las finanzas personales. Aparece cuando esa confianza supera lo que realmente justifican los conocimientos, la información disponible o la experiencia.
En los mercados puede tener consecuencias bastante concretas. Más operaciones, mayor concentración de las inversiones, menor atención a los riesgos y una tendencia a pensar que las decisiones propias son mejores que las de los demás.
El problema es que el exceso de confianza suele resultar invisible mientras las cosas van bien. Una inversión acertada puede reforzar la sensación de habilidad personal, aunque el resultado haya dependido en buena medida del azar, del ciclo económico o simplemente de haber estado en el lugar adecuado en el momento adecuado.
Una buena operación no convierte automáticamente a nadie en un buen inversor. Del mismo modo, una mala operación no convierte necesariamente a nadie en un mal inversor. Confundir resultado con capacidad es otra de las trampas emocionales del dinero.
El arrepentimiento también cuesta dinero
Hay otra emoción menos evidente, pero igualmente poderosa, el arrepentimiento.
El miedo a equivocarse puede llevar a evitar decisiones razonables. Quien ha vivido una pérdida importante puede desarrollar una resistencia excesiva al riesgo. Después de perder dinero en Bolsa, por ejemplo, puede decidir que nunca volverá a invertir. La experiencia se convierte entonces en una especie de filtro que condiciona todas las decisiones futuras.
Una persona que perdió dinero durante una crisis bursátil puede conservar durante años la sensación de que la Bolsa es peligrosa, incluso cuando las condiciones económicas han cambiado por completo. El pasado se convierte en una lente a través de la cual se interpreta el futuro.
La aversión al arrepentimiento puede provocar así otra paradoja. Para evitar volver a equivocarse se termina renunciando a oportunidades que podrían haber formado parte de una estrategia financiera razonable. No asumir ningún riesgo también es una decisión financiera, y tiene un coste.
La inflación también tiene una dimensión emocional
El comportamiento emocional de las finanzas no se limita a la Bolsa, también aparece en el ahorro cotidiano. Durante décadas, guardar dinero en una cuenta corriente se ha asociado con seguridad; y, en cierto sentido, lo es. El dinero depositado permite afrontar imprevistos y ofrece liquidez inmediata. Pero cuando la inflación supera la remuneración del ahorro, mantener todo el patrimonio en efectivo implica aceptar una pérdida progresiva de poder adquisitivo.
Aquí aparece otra emoción, la falsa sensación de seguridad. El saldo de una cuenta bancaria es una cifra que permanece visible y estable. Eso transmite tranquilidad. Sin embargo, que el número no disminuya, no significa que el patrimonio conserve intacta su capacidad de compra.
La inflación hace algo mucho más silencioso que una caída bursátil. No muestra una pérdida repentina en pantalla. No existe una mañana en la que aparezca un aviso diciendo que los ahorros han perdido un determinado porcentaje de capacidad adquisitiva. Simplemente, con el paso del tiempo, cada euro compra un poco menos.
La ausencia de sobresaltos puede hacer que una pérdida sea todavía más difícil de percibir.
Las finanzas personales son una cuestión de carácter
Ahorrar exige disciplina. Invertir exige paciencia. Gestionar una deuda requiere prudencia. Afrontar una pérdida exige capacidad para aceptar un error. Y aprovechar una oportunidad requiere mantener la cabeza fría cuando la mayoría está dominada por el miedo. En todos esos casos interviene el carácter.
La rentabilidad de una inversión puede depender del activo elegido, pero también del comportamiento mantenido durante los años siguientes. Una cartera excelente puede generar malos resultados si se compra con euforia y se vende con pánico. Una inversión razonable puede convertirse en una mala inversión simplemente por no concederle el tiempo necesario.
La educación financiera debería enseñar a calcular una rentabilidad, pero también a entender por qué resulta tan difícil mantener una inversión cuando cae un 30%. Debería explicar qué es la diversificación, pero también por qué la mente humana tiende a buscar explicaciones simples cuando aumenta la incertidumbre. Y debería hablar del riesgo, pero también de la diferencia entre el riesgo real de una inversión y el miedo que provoca verla fluctuar.
El verdadero enemigo está muchas veces dentro
Comprar por euforia, vender por miedo, endeudarse para mantener un nivel de vida artificialmente elevado, ahorrar sin tener en cuenta la inflación o asumir riesgos excesivos por exceso de confianza son decisiones que pueden parecer pequeñas cuando se producen. El problema aparece cuando se acumulan.
La buena gestión financiera consiste, en buena medida, en construir mecanismos que reduzcan el poder de las emociones sobre las decisiones importantes.
Tener objetivos claros, diversificar, mantener un horizonte temporal adecuado, disponer de liquidez para imprevistos y establecer previamente unas reglas de actuación puede parecer aburrido. Precisamente por eso suele funcionar mejor que intentar acertar continuamente qué hará el mercado mañana.
Al final, los mercados seguirán subiendo y bajando, los tipos de interés cambiarán, aparecerán nuevas modas de inversión y habrá momentos de euforia seguidos de otros de miedo. Lo que probablemente no cambiará es la naturaleza humana.
El dinero seguirá despertando emociones porque representa mucho más que una cifra. Es tiempo trabajado, seguridad, libertad, proyectos futuros y, en muchos casos, tranquilidad familiar.
Quizá por eso las mejores decisiones financieras no sean necesariamente las más brillantes, sino aquellas capaces de sobrevivir a los momentos en los que la razón y la emoción dejan de caminar en la misma dirección.
Porque en las finanzas, como en la vida, saber cuánto se tiene importa. Pero saber cómo se reacciona cuando se tiene miedo puede importar todavía más.